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Los argentinos
tenemos una larga experiencia malgastando "joyas de la
corona". En los '90 dilapidando el resultado de la
venta de las empresas del Estado. En el nuevo siglo,
consumiendo la capacidad instalada previamente.
En materia de
energía, los datos de la realidad muestran que en
estamos estancados. Desde la perspectiva de las
realizaciones no hemos logrado "el pase" al siglo XXI. Un
análisis de nuestra infraestructura nos muestra una
fotografía con un panorama similar al que teníamos en el
año 2000, pero con un deterioro gradual, producto de un
nivel de inversión insuficiente para la conservación de
la capacidad.
Cuadro de la
Situación
Según datos
oficiales, la demanda energética argentina crece a un
ritmo sostenido, acompañando los índices de recuperación
de la economía nacional.
Entre el 2000,
cuando se puso en marcha la última usina, y el presente
el consumo eléctrico creció más de 25%.
En 2005 lo hizo
a razón de 5.8%. La demanda de gas natural aumentó 4.1%
en año. El consumo de combustibles líquidos creció casi
un 7%.
Nos hemos visto
obligados a cortar las exportaciones de electricidad
(-13%), de gas (-11%) y de combustibles líquidos (-15%).
Pero la
cancelación de las ventas al exterior no evitó que
quebráramos el autoabastecimiento que ostentábamos. Ya
estamos importando energía eléctrica por 2.000 GWh, gas
por 1.750 millones de metros cúbicos y tenemos vigente
un convenio para importar 1.000.000 de barriles de fuel
oil.
Cada año que
pasa estas importaciones se amplían considerablemente y
sumadas a las pérdidas por la cancelación de nuestras
ventas ya representan una sangría de recursos que
afronta la sociedad en su conjunto. Y los precios de
todos estos insumos muestran una tendencia subir.
A pesar de todas
estas limitaciones, en 2005 faltó gas para industrias y
centrales eléctricas, inclusive en determinadas zonas
para su uso en automóviles (GNC). La provisión de gasoil
también resultó insuficiente y la población debió
soportar un programa de "uso racional", tanto
para el gas como para la electricidad.
Las reservas y
producción de petróleo vienen descendiendo y, a nivel de
consumo actual, alcanzarían hasta el año 2015. Las de
gas, hasta el 2016. Cada año, las reducimos a razón de
52.500 millones de metros cúbicos.
Con ampliaciones
a los gasoductos, en los próximos dos o tres
años puede ser posible transportar y consumir más gas
tal como lo hemos estado haciendo desde 2001. Pero la
capacidad de transporte no alcanzará los 140 millones de
metros cúbicos de gas que por entonces se requerirán y
consumiremos más rápidamente las reservas.
El programa
lanzado hace dos años a raíz de la emergencia energética
ha logrado cumplirse sólo parcialmente.
Se han
constituido las empresas para construir dos ciclos
combinados de 800 MW cada uno. Pero el cronograma
originalmente programado para comenzar a operar en
“ciclo abierto” en julio de 2007, alcanzando plena
potencia (800 MW) en 2008, sufre demoras, porque que no
se han comenzado las obras para la construcción de las
plantas. En combustible, garantizado por el Estado en
los documentos, no tiene una procedencia definida ya que
no se ha logrado un acuerdo permanente con Bolivia.
No se ha
concretado el comienzo de obras para la ampliación de
potencia de la Central Hidroeléctrica de Yacyretá; la
estrategia elegida para reiniciar la finalización de la
Central Nuclear Atucha II ha entrado en un cono de
sombra.
El programa de transporte en Alta
Tensión ejecutado, especialmente la interconexión de la
Patagonia a través de de la línea Choele Choel–Puerto
Madryn, en lugar de aportar potencia al sistema, tiende
a agregar demanda.
Desde la creación de ENARSA, en
octubre de 2004, no se alcanzó el inicio concreto de
ningún proyecto, concentrando su acción en la firma de
convenios con otras empresas que cumplan el rol
inversor.
Por qué
faltaron inversiones
Es correcto señalar, como lo ha dicho
el Presidente Kirchner, que se ha llegado a este cuadro
por insuficiencia de inversiones. Pero es necesario
resaltar que la falencia fue tanto privada como pública.
También que los problemas no se resuelven repartiendo
culpas.
Para ello confluyeron variadas
causales, algunas asentadas en el proceso económico
argentino como, por ejemplo, el largo período recesivo,
que se quebró recién en 2002, que permitía funcionar a
base de la potencia instalada con anterioridad.
Otras se índole política. El Estado
dejó de planificar e incumplió sus proyectos; quedaron
inconclusas obras de considerable magnitud como las que
ahora se pretende reiniciar y otras directamente se
cancelaron; se desmanteló gran parte de la capacidad
preexistente en la materia.
En algunas áreas, como transporte de
electricidad y gas, las normas implantadas no resultaron
favorables a la expansión.
Influyó igualmente el período de bajo
precio del barril del petróleo que, hasta 1999, estuvo
por debajo de los U$D 20 por barril actuando como un
fuerte limitante de la actividad exploratoria en nuestro
medio, incentivando la extracción en base a los
yacimientos conocidos.
Finalmente, como consecuencia de la
implosión de 2001, la volatilidad de las reglas de juego
y la discrecionalidad política, arrasaron toda
posibilidad de lograr inversiones privadas y han
acumulado una serie de distorsiones que, bajo ciertas
circunstancias internacionales, podrían precipitar
catastróficamente.
¿Cuánto hay
que invertir en energía?
Todo depende del
país que queramos construir y de la grandeza con que nos
empeñemos en la tarea.
Si la idea es
superar nuestros males sociales creciendo a una tasa del
5% anual, la inversión energética -en todas las áreas-
debería ser de 50.000 millones de dólares en los
próximos 14 años.
Si aspirásemos a
mantener una modesta tasa de crecimiento económico (3%
anual), Argentina debería invertir -sin grandes
alteraciones a su actual matriz energética- unos 35.000
millones de dólares hasta el 2020.
Pero, si además
de disponer de energía, consideráramos conveniente
modernizarnos tecnológicamente para garantizar la
competitividad del país en el futuro, deberíamos
incorporar dosis significativas de las nuevas fuentes.
En tal caso, harían falta inversiones energéticas 30%
superiores a las mencionadas.
Pero si nos
conformáramos con mantener el mediocre desempeño
promedio de los últimos 23 años, es decir un crecimiento
a una tasa del 1,2 por ciento anual, sólo se
necesitarían inversiones por 18.000 millones de dólares
en el mismo período.
Cualquiera sea
el destino que elijamos, encierra un enorme desafío. Es
evidente que los recursos públicos son insuficientes
para financiar toda la infraestructura del país- También
es claro que el procedimiento de trasladar la carga
inversora a los usuarios -como se ha comenzado a hacer-
tiene enormes limitaciones. Resulta claro que la
inversión privada sólo aparecerá cuando existan
perspectivas de rentabilidad y confianza en un régimen
jurídico estable.
Porque hay que
lograr una ecuación política y económica que modifique
las condiciones para la inversión tanto privada como
pública.
Debemos saber
que, aunque empecemos actuar hoy y la fortuna nos
otorgara éxito, las nuevas plantas y yacimientos
tardarán al menos 3 o 4 años en empezar a producir, lo
que nos obligará a mediano plazo a convivir con la
escasez de energía, pagando un precio mucho mayor por
las importaciones que deberán afrontarse.
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