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Es un hecho
consumado", admitió André Villas-Boas, coordinador del
independiente Instituto SocioAmbiental, resignado a que
las medidas judiciales y las protestas no impedirán ya
la construcción de la central hidroeléctrica Belo Monte,
en la Amazonia brasileña.
Las batallas perdidas contra millonarios proyectos
dañinos para el ambiente, las comunidades indígenas y
otras poblaciones locales, no desmovilizan a los
activistas. Pero los hacen cuestionar los mecanismos de
decisión, especialmente en el área energética.
En Brasil, el estudio de impacto ambiental (EIA) es
exigido desde 1986 para proyectos con potenciales graves
efectos para la naturaleza y la población y logró rango
constitucional en 1988. Así se pretende evitar que se
repitan casos desastrosos como el de la central
hidroeléctrica de Balbina, en el norteño estado de
Amazonas.
Su represa inundó 2.600 kilómetros cuadrados de bosque
amazónico para generar poca energía y sí mucha emisión
de gases de efecto invernadero.
De la madera ilegal a las máquinas
Marinaldo Rodrigues tropezó con la nueva realidad antes
que fuese un hecho conocido. El aserradero donde había
trabajado ocho años, fue cerrado por ilegal en 2002.
Se suele identificar el comienzo de la represión de la
industria maderera ilegal con el asesinato de la monja
estadounidense Dorothy Stang en 2005, en una población
cercana a Altamira. Pero Rodrigues aclaró a IPS que
había empezado a intensificarse antes.
Desde entonces las autoridades ambientales cerraron 10
de los 12 aserraderos que procesaban madera en Altamira.
Por ello, unas 5.000 personas perdieron su empleo, un
golpe duro en un municipio de 100.000 habitantes y con
escasas fuentes laborales formales.
La mayoría "se arregló" con trabajos eventuales en el
área de la pesca y la agricultura, contó.
La empresa donde trabajó logró reabrir, pero él decidió
cambiar de rumbo. Se capacitó como conductor de grandes
tractores para construir terraplenes, y trabajó en
cuatro compañías.
Ahora, con 37 años y dos hijos, vuelve a estar
desempleado, pero espera obtener trabajo en la recién
iniciada pavimentación de la carretera Transamazónica.
Y como es experto en grandes maquinarias, espera tener
trabajo asegurado cuando comience la construcción de
Belo Monte, que va a incluir dos grandes represas y dos
canales, equivalentes al de Panamá, en cuanto a la
tierra y rocas que deberán removerse.
Por todo ello, resulta natural que Rodrigues apoye el
proyecto, aunque su casa quedará inundada por las
represadas aguas del río Xingú, como las de todos sus
vecinos de la parte baja de Altamira.
Pero al correr del tiempo aquel avance ha resultado
insatisfactorio, según los movimientos ambientalistas y
sociales, porque en escasísimas ocasiones el IEA se
tradujo en la prohibición de un proyecto.
En general, la autoridad ambiental aprueba los
proyectos, con la imposición de condiciones que no pasan
de la mitigación y la compensación, la mayoría de las
veces de corte asistencial y ajenas al daño ocasionado.
El IEA de Belo Monte incurrió en "ilegalidades", al
omitir impactos de partes del proyecto, como las
esclusas y la profundización del río Xingú aguas abajo,
en un tramo de 50 kilómetros de hidrovía, señaló el
biólogo Hermes de Medeiros, profesor de la Universidad
Federal de Pará y uno de los 40 investigadores sobre los
fallos del estudio.
El proyecto de Belo Monte, en el norteño estado de Pará,
pretende entrar en operación en 2015 y constituirse en
la tercera generadora de hidroelectricidad del mundo,
detrás de Itaipú y Tres Gargantas, en China.
El EIA tiene un pecado original: es responsabilidad del
dueño del proyecto, aunque deba encargarlo a una empresa
especializada.
Belo Monte es un aprovechamiento hidroeléctrico del río
Xingú, diseñado durante 35 años por la estatal brasileña
Eletronorte, que contrató para el IEA a Leme Ingeniería,
una de las mayores consultoras de América Latina en
energía.
Leme pertenece al grupo belga Tractebel, parte del
conglomerado de origen francés GDF Suez, y ambos con
grandes negocios energéticos en Brasil. GDF Suez es, a
su vez, socio de Jirau, una gran hidroeléctrica en
construcción en otro rio amazónico, el Madeira, y tenía
un interés no alcanzado en asociarse a Belo Monte.
Esa "promiscuidad" entre las empresas que elaboran el
EIA y las que demandan la evaluación quita credibilidad
al proceso, coincidieron Villas-Boas y Medeiros, en una
crítica profundizada tras el caso Belo Monte.
Y hay más. También la licencia ambiental, concedida por
las autoridades del sector con base en el EIA, tiene su
validez y eficacia cuestionadas, ya que es precisamente
el gobierno el principal interesado en impulsar
proyectos como las hidroeléctricas amazónicas.
La supeditación de la protección ambiental a los
intereses económicos y políticos del gobierno quedó
evidente con el proyecto Belo Monte.
El Ejecutivo uso todas las medidas a su alcance para
concretar la más potente central de la Amazonia,
prioritaria dentro de su Programa de Aceleración del
Crecimiento, impulsado por el presidente Luiz Inacio
Lula da Silva y su ex ministra de Energía y ahora
candidata a sucederlo en las elecciones de octubre,
Dilma Rousseff.
Tres empresas estatales de generación eléctrica y fondos
públicos de pensión fueron instados a constituir un
consorcio para participar –y ganar- en la licitación del
proyecto.
El estatal Banco Nacional de Desarrollo Económico y
Social financiará 80 por ciento del emprendimiento, y la
hidroeléctrica tendrá un control privado formal, para
facilitar su gestión.
Solo "la mano fuerte del gobierno" en "acción
permanente" hará posible esa central, reconoció Mauricio
Tolmasquin, presidente de la Empresa de Investigación
Energética, órgano gubernamental de planificación del
sector.
A la oposición ambientalista, indígena y de activistas
sociales, se sumaron en este caso las críticas de
empresarios y especialistas en energía, que dudan de la
viabilidad económica de Belo Monte.
Esos especialistas estiman que su costo superará en 60
por ciento su presupuesto de 10.800 millones de dólares,
y que la central generará solo 40 por ciento de su
capacidad instalada, debido al bajón del flujo de agua
en el río Xingú durante la estación seca.
Para remover los obstáculos, el gobierno no dudó en
interferir en el Poder Judicial, teóricamente
independiente. El juez Antonio Carlos Campelo fue
alejado del caso por una reforma judicial en Pará,
después que en abril intentó suspender tres veces la
licitación de Belo Monte, con fallos anulados por un
tribunal de Brasilia.
La reforma quitó en junio la jurisdicción de los temas
ambientales y agrarios a Altamira, el municipio más
directamente afectado por el proyecto, y los trasladó a
un juzgado recién creado en Belém, capital del estado.
Asimismo la Abogacía General de la Unión, defensora de
los intereses del gobierno, amenazó con procesar
judicialmente a los fiscales que obstruyan los trámites
del proyecto. El Ministerio Público (fiscalía) reaccionó
reafirmando su independencia y su defensa de las leyes,
pero la presión estaba hecha.
Previamente, en febrero, el Instituto Brasileño de Medio
Ambiente (Ibama) fue compelido a acelerar la aprobación
del proyecto, con el silenciamiento de técnicos opuestos
al proyecto y la renuncia provocada de dos directores
responsables del caso desde fines de 2009.
El mismo Ibama fue dividido abruptamente en 2007 en dos
institutos, en respuesta a presiones gubernamentales y
empresariales para autorizar la construcción de dos
hidroeléctricas en el río Madeira.
La ex ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, promovió
esa reestructuración y renunció 11 meses después, por la
"resistencia" de sectores del gobierno a su política
ambiental. Ahora es candidata presidencial por el
Partido Verde.
Por otro lado, el gobierno trata de obtener apoyo entre
la población local al proyecto. Anunció inversiones por
montos récord en los municipios afectados, el
reasentamiento de familias desalojadas y la
pavimentación de la carretera Transamazónica, clave para
la conexión con el resto de Brasil, intransitable en la
época de las lluvias.
Las promesas dividieron a los indígenas, lamentó José
Carlos Arara, líder del grupo Arara que, rechaza
tajantemente la hidroeléctrica, porque desviará parte de
las aguas del Xingú, reduciendo el flujo hídrico en el
tramo donde viven, la Vuelta Grande del Xingú,
deteriorando su forma de vida, basado en la pesca y el
transporte fluvial.
"Muy dependientes del Estado" y de sus medidas
asistenciales, algunos indígenas "no logran encarar el
mundo sin el Estado", admitió Villas-Boas.
Buena parte de la población urbana de Altamira apoya al
proyecto porque permitirá recuperar los empleos perdidos
por el cierre de la actividad maderera local, por la
creciente represión de las autoridades ambientales de la
tala ilegal
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