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España ha presentado
estos días su Plan nacional de energías renovables (PANER)
a la Comisión Europea, en respuesta al requerimiento
derivado de la Directiva 2009/26/CE relativa al fomento
de energía procedente de fuentes renovables.
En ese documento, nuestro país se ha fijado el objetivo
de que el 22,7% de la energía total consumida en 2020
sea de origen renovable, más del doble que en la
actualidad. A modo de 'preámbulo', la Red Eléctrica ha
puesto un dato encima de la mesa: en el primer semestre
de 2010, el 40% de la electricidad generada ha sido de
origen renovable. Solamente la eólica ha aportado el
18%.
España, por primera vez desde la Revolución Industrial,
está en la vanguardia de una transformación del modelo
energético internacional, que tiene por cierto como uno
de sus principales valedores a la propia Agencia
Internacional de la Energía. Nuestro país es el cuarto
del mundo en potencia eólica instalada, solamente por
detrás de Estados Unidos, China y Alemania. Lo que es
igualmente importante, ha generado un avanzado tejido
industrial y tecnológico. Iberdrola Renovables es el
primer operador mundial de centrales eólicas. Acciona
Energía ocupa el tercer puesto. Gamesa es el sexto
productor mundial de aerogeneradores. Abengoa, por su
parte, lidera la energía termosolar -ha recibido un
préstamo garantizado del Gobierno norteamericano de
1.154 millones de euros para construir una planta en
Arizona-. La ingeniería Sener proyecta instalaciones
termosolares futuristas de su propia patente en el
Emirato de Dubai. El Centro de Gestión de la Red
Eléctrica es el más avanzado del mundo a la hora de
gestionar la integración en la red de la energía
procedente del viento y del sol.
Las renovables han alcanzado en España una posición
estructural en el mix de generación eléctrica y han
creado tejido industrial y tecnológico de primer nivel,
con una proyección exportadora de alcance mundial. Esto
ha sido posible gracias a un marco regulatorio bien
diseñado, que ha sabido primar a las diferentes
tecnologías en su recorrido por la curva de aprendizaje.
El modelo conocido como 'feed-in tariffs' implica una
entrada preferente en la red de las renovables, por
delante de las centrales de ciclo combinado y carbón.
Además, dadas las externalidades positivas que
presentan, aquéllas se benefician de unas primas
destinadas a favorecer su progresión en la mencionada
curva. El desarrollo de las energías renovables en
España a lo largo de la última década es una historia de
éxito como país y un referente concreto a la hora de
visualizar en qué consiste el cambio de modelo económico
por el que aboga el Gobierno de Rodríguez Zapatero.
En un contexto de fuerte crisis económica como el
actual, con la correspondiente contracción en el consumo
eléctrico, el avance de las renovables no podía sino
levantar recelos por parte de los operadores de otras
tecnologías. Asistimos estos días a una dura batalla
dialéctica de posicionamiento y defensa de intereses
creados que, hasta cierto punto, se podría considerar la
segunda parte de la que hace unos años protagonizaron
Endesa e Iberdrola en torno a cómo habría de
posicionarse el Gobierno de España ante las
consecuencias derivadas del Protocolo de Kioto. Un
observador atento pudo ver entonces cómo, en años
posteriores, mientras unos cabalgaron las olas en
ligeras tablas de surf empujados por el viento de la
historia, otros se quedaron 'comiendo carbón' castigados
por su miopía y empecinamiento. El acierto estratégico
de la 'utility' vasca fue comprender hacia dónde iba el
viento del cambio y colocarse en la dirección adecuada.
Hoy es líder mundial en una tecnología que ha copado el
39% de las inversiones energéticas llevadas a cabo en la
Unión Europea en 2009, donde la capacidad eólica
instalada al finalizar 2010 será ya de 85.000 Mw.
El marco regulatorio que ha permitido el despegue de las
renovables en España dio sus primeros pasos con los
gobiernos del Partido Popular pero fue el Ejecutivo
socialista el que hizo de ellas una apuesta de largo
recorrido. Es de prever que la Ley de economía
sostenible actualmente en tramitación en el Congreso de
los Diputados y la futura Ley de eficiencia energética y
energías renovables anunciada desde el Ministerio de
Industria apuntalarán normativamente esa apuesta.
El que se haya generado puntualmente un exceso de oferta
en el sector de la energía solar fotovoltaica no puede
oscurecer la perspectiva de conjunto y la visión
estratégica. Las renovables son el camino para reducir
la dependencia energética española, una debilidad
estructural de nuestra economía ante un horizonte de
fuerte encarecimiento de los precios del petróleo; son
fundamentales para contribuir al esfuerzo europeo de
liderar la respuesta internacional contra el cambio
climático; son, asimismo, un vector decisivo en la
modernización de la economía española y su
posicionamiento competitivo en los mercados
internacionales. Por ello, las primas que han permitido
esta década el avance de las renovables han sido el
dinero mejor invertido.
A pesar del avance protagonizado por la eólica y la
solar en el mix de generación eléctrica, el balance
energético es todavía abrumadoramente favorable a las de
origen fósil -80% de la energía primaria-, debido al
dominio del petróleo en el transporte. Por eso, es
necesario dar pasos en la próxima década hacia la
electrificación del parque móvil. Los documentos de
estrategia y planificación del Gobierno hablan de
alcanzar un 10% del parque móvil, unos 2,5 millones de
vehículos, en 2020. La electrificación permitirá
aprovechar de manera eficiente los excesos de energía
eólica generados en horario nocturno y, sobre todo,
crear las bases para una descarbonización progresiva del
sector del transporte, auténtico nudo gordiano para
progresar en las dos próximas décadas hacia una economía
baja en carbono.
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