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El 13 de
diciembre de 1907 se produjo el descubrimiento "oficial"
del petróleo en Argentina, aunque desde hacía mucho se
registraban diversos intentos de explotar este recurso.
Lo que en
realidad se descubrió ese día fue la manifestación de
interés por parte del Estado acerca del "oro negro".
Sin embargo, a lo largo de los casi 100 años en la que
la participación del sector público resultó decisiva
-por no decir dominante- hubo diferentes fórmulas de
cooperación con el sector privado en base a objetivos
comunes como el autoabastecimiento del país.
Es cierto que
hubo disputas y procesos conflictivos en ese largo
camino. Pero con el tiempo tanto el Estado como el
sector privado lograron encontrar un punto de equilibrio
para alcanzar ese objetivo y detener la sangría de las
importaciones de combustibles. Como ejemplo de ello,
podría citarse el contrato que en 1952 suscribió el
Presidente Juan Perón con la Standard Oil para
desarrollar exploración en Santa Cruz que no logró
entrar en vigencia por la oposición del Congreso.
También debe
mencionarse como hito fundamental la gesta del
Presidente Arturo Frondizi y su colaborador Arturo
Sábato que nos permitió lograr en 1962 el ansiado
objetivo del autoabastecimiento.
Con las
privatizaciones y desregulación realizadas durante los
'90, el Estado cedió en favor del sector privado toda la
operación, reservándose el rol del control y asegurando
cierta participación económica en favor de las
provincias productoras.
El proceso
privatizador permitió avances en cuanto a reservas y
producción pero tuvo ciertamente graves falencias e
imperfecciones de origen -que nosotros hemos señalado en
nuestras publicaciones anteriores- pero se hizo con la
aprobación del Congreso Nacional, de acuerdo a la
Constitución y las Leyes y el aval explícito de los
Estados Provinciales a través de todos sus
gobernantes.
Posteriormente,
se decretó la "provincialización" de los
hidrocarburos, una enajenación a la Nación que
constituye una gran injusticia para con las provincias
que, sin ser petroleras, contribuyeron con ingentes
recursos económicos, para desarrollar esta industria. La
creación de una nueva empresa estatal, ENARSA determinó
también una enajenación al conjunto del país ya que se
le asignó la potestad sobre las áreas marítimas.
Sin embargo,
estos cambios no han arrojado resultados positivos. Sin
una política energética definida acorde con la realidad,
parecemos encaminados más que a la creación de una
ecuación superadora, a romper todos los esquemas de
colaboración entre los sectores que deberían ser
responsables por asegurar los recursos energéticos para
el futuro. Y las consecuencias, imperceptiblemente nos
han comenzado a golpear.
Según los
especialistas, la producción petrolera argentina disminuyó un 5,77%
durante el 2004, mostrando un horizonte de pérdida definitiva de nuestro
autoabastecimiento, obligando a nuestro país a
importar combustibles desde el 2007.
También se
comprueba una constante caída en las reservas
argentinas de crudo desde 1999, cuando alcanzaron su
pico de 488,28 millones de metros cúbicos, bajando hasta los 425 millones
de nuestros días. Se asegura que el
horizonte de reservas de petróleo en el 2010 será de sólo 6
años.
En
2001 teníamos gas para 25 años. Hoy, las reservas
comprobadas alcanzan para 13 años aproximadamente según
el nivel consumo actual. Cada año, las reducimos a razón
de 52.500 millones de metros cúbicos.
Por otra parte, el
transporte de gas funciona al máximo de su capacidad con
127 millones de metros cúbicos. Las ampliaciones a la
red troncal de gasoductos que se están ejecutando
resultan imperiosas para cubrir el incremento de la
demanda, que el año pasado subió 3,39% respecto del
anterior, y continúa su rumbo ascendente en sintonía con
la recuperación económica.
Dentro de un sistema
que opera al límite de sus capacidades, las autoridades
energéticas se ven obligadas a realizar todo tipo de
maniobras para garantizar el abastecimiento como
acumular agua en los embalses, compra de energía a
Brasil y la “quema” de combustibles líquidos
importados que son diez veces más costosos. Pese a esos
esfuerzos, además de la presión alcista sobre los
precios, mucho depende del factor “suerte” en relación a
variables climáticas y otros imponderables.
Con ampliaciones
adicionales, en los próximos dos o tres años puede ser
posible transportar y consumir más gas tal como lo hemos
estado haciendo desde 2001. Pero sin una contrapartida
en descubrimientos de nuevas reservas y/o grandes
modificaciones de nuestra matriz energética que no están
siquiera programadas, nos enfrentaremos en el futuro a
varios y complicados dilemas de carácter político,
económico y social.
El Gobierno, en su
situación actual, no debería comprometer los escasos
recursos públicos de que dispone en operaciones de
riesgo, ni tampoco pensar que las importaciones pueden "salvar
la ropa" de la mala política. El sector privado no
debería pretender condiciones excepcionales, sin
control, diferentes de las que rigen internacionalmente
el negocio energético.
El gran desafío
energético argentino consiste en restaurar el mecanismo
creador de riqueza, fundado en la colaboración entre el
sector público y privado para lograr el objetivo común
de la seguridad energética del país y luego, aprovechar
estos recursos para proyectar la expansión económica
argentina. |