El mundo no
debe perder su segunda oportunidad para abordar de
manera radicalmente diferente el consumo de energía.
Hay un fuerte sentimiento de déjà vu en la
sombría imagen que la Agencia Internacional de Energía
(AIE) - a veces descrita como "el guardián del
mundo rico"- delineó la semana pasada sobre lo que
será el consumo de energía global en las próximas dos
décadas, y sus consecuencias para el cambio climático.
Al comienzo de la década del setenta, el conflicto
abierto entre los estados árabes e Israel disparó los
precios del petróleo hasta las nubes. Simultáneamente,
el Club de Roma y otras organizaciones advirtieron que
el mundo estaba en riesgo de quedarse sin muchos de
sus recursos naturales clave. Ambos eventos llevaron a
extender llamados para una masiva inversión en fuentes
renovables y alternativas de energía, y en nuevos
estilos de vida que no tuvieran un consumo intensivo
de energía.
Siguieron algunos movimientos internacionales y
nacionales en esa dirección – se crearon la AIE y
ministerios de energía, por ejemplo. Pero en general
la advertencia fue ignorada. Y cuando los precios del
petróleo bajaron en los 80, se evaporó el ímpetu
político para hacer un cambio radical.
La temeridad de esa miopía regresa ahora en forma de
calentamiento global para atormentar al mundo
desarrollado. Si la lección de los 70 hubiera sido
atendida adecuadamente, aún cuando el riesgo de un
cambio climático inducido por el ser humano no era
sospechado entonces, estaríamos en mucho mejor
posición para hacer frente a la amenaza que supone
hoy.
China e India como contribuyentes
Cualquier duda sobre la gravedad de no tomar acción se
disipan con una aguda lectura del informe de la AIE,
'Pronóstico Mundial de Energía 2007'. Aunque éste se
enfoca en el riesgo particular impuesto por la
evolución de China e India hacia economías poderosas,
tiene importancia comparable, si no mayor, con el
resto del mundo.
El informe señalaba que si las naciones continúan con
las políticas existentes, en lo que describe como un
"escenario de referencia", las necesidades mundiales
de energía subirán más de 50 por ciento para el 2030,
si se compara con las de hoy (y las emisiones de
carbono serán 57 por ciento más altas). China e India
sumarán casi la mitad de ese aumento en la demanda
primaria de energía, y, de continuar su crecimiento
económico, se duplicará su consumo de energía en los
próximos 25 años.
Algo mucho peor se predice para el "escenario de
alto-crecimiento” que se anticipa en las economías de
China e India. Esto significaría un aumento adicional
de 21 por ciento en la demanda de energía de esos dos
países en 2030, y otro 7 por ciento de aumento en las
emisiones globales de dióxido de carbono.
Un crecimiento más modesto en la demanda de energía,
basado en las políticas de gobierno que están en
consideración, llegaría a una nivelación de las
emisiones de dióxido de carbono en 2020 a través, por
ejemplo, de una adopción masiva de estándares más
fuertes de eficiencia energética. Pero incluso bajo
este "escenario alternativo", el informe de la AIE
predice que las emisiones globales de dióxido de
carbono seguirían creciendo en un 25 por ciento para
2030.
Controlar los gases de efecto invernadero
Sólo bajo el "escenario de estabilización" – descrito
en el informe como una manera de alcanzar la
estabilización a largo plazo de los gases de efecto
invernadero en la atmósfera- en 2030 bajarían
drásticamente las emisiones globales de dióxido de
carbono por debajo de los niveles de 2005. Esto se
podría lograr a través de mejorar la eficiencia en las
industrias, edificios y transporte, cambiar a energía
nuclear y fuentes renovables, y expandir el desarrollo
de captura y almacenamiento de dióxido de carbono.
Pero esto requerirá de "avances tecnológicos sin
precedentes, que implicarán costos sustanciales".
De hecho, una de las principales recomendaciones del
informe es "un aumento sustancial [...] en la
financiación pública y privada para la investigación,
desarrollo y demostración de tecnología energética,
que se mantiene por debajo de los niveles alcanzados a
principios de los 80".
La tarea tiene precedentes. Como lo han demostrado
ampliamente en el pasado países como Estados Unidos,
los programas intensivos de investigación y desarrollo
-por ejemplo, para construir bombas atómicas o poner
un ser humano en la Luna- son perfectamente viables,
si se da una adecuada movilización de recursos
económicos y humanos y, sobre todo, de voluntad
política.
El calentamiento global es más una amenaza, que los
factores que impulsaron a la acción en ese entonces a
Estados Unidos, frente a Japón y a la Unión Soviética,
respectivamente. No hay razón para que un compromiso
político como ese no se genere globalmente para
estimular un tipo similar de respuesta. Esa debería
ser una tarea a alcanzar por los signatarios de la
Convención Marco de Cambio Climático de las Naciones
Unidas.
Tomar medidas drásticas sobre el consumo de energía
Pero no será suficiente desarrollar nuevas tecnologías
para conseguir los términos del escenario de
estabilización. Igual de importante es la tarea
política de hacer que la gente en todo el mundo
abandone las prácticas de alto consumo de energía, el
único camino para crear una sociedad globalmente
sostenible. Al final esto significa reducir el poder
de aquellos cuya influencia política se apoya sobre
esas prácticas, como las industrias automotriz y
petrolera.
El calentamiento global es ampliamente reconocido como
la mayor "falla del mercado" que el mundo ha
experimentado. El informe de Pronóstico Económico
-elaborado por una organización que, como parte de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE), representa los intereses energéticos
de las sociedades capitalistas líderes del mundo- lo
reconoce implícitamente. Como dijo Nobuo Tanaka,
director ejecutivo de la AIE, la semana pasada, "todos
los países deben tomar una acción vigorosa, inmediata
y colectiva para poner freno a la demanda de energía
fuera de control".
Irónicamente, aún cuando China está identificada como
el mayor contribuyente de la inminente crisis
energética global, también está a la vanguardia de las
potenciales soluciones políticas. La combinación de un
compromiso sustancial con la investigación en energía
renovable, y la voluntad de imponer restricciones
draconianas a las tecnologías de consumo energético,
es el único camino que tiene tanto China, como el
resto del mundo.
En la década del setenta, la falla de aquellos que
adoptaron escenarios de tecnología alternativa para
asumir la naturaleza política del desafío que
enfrentaban llevó a la marginalización de sus ideas.
Sería una tragedia -posiblemente irreversible en este
momento- si se volviera a repetir la historia.



