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El gas recuperable en
rocas de esquisto o "shale gas" quizá supere varias
veces en cantidad el de las reservas probadas de gas
convencional en el planeta, según la Administración de
Información de Energía de Estados Unidos (EIA, por sus
siglas en inglés), y existen adicionalmente cuantiosos
volúmenes de este hidrocarburo en arenas y otras
categorías de gas no convencional.
Pero la gran novedad de los estudios de la EIA es que el
gas de esquisto abunda en territorios antes considerados
pobres en hidrocarburos o dependientes de importaciones:
China, Estados Unidos y Argentina encabezan la tabla,
pero otras grandes reservas están en Sudáfrica,
Australia, Polonia, Francia, Chile, Paraguay, Suecia,
Pakistán o India.
"El tablero energético cambia y se realinearán los
mercados. Países que nunca habían tenido esta
disponibilidad de energía ya no serán consumidores
netos, avanzarán a la suficiencia energética y podrán
ser exportadores", señaló a IPS el presidente de la
Asociación Venezolana de Procesadores de Gas, Luis
Albero Terrero.
Con la mayor oferta de gas "pueden abaratarse los
precios de los combustibles fósiles, frenarse el
crecimiento de las energías alternativas, y
desarrollarse nuevas alianzas, nuevas inversiones y
redes comerciales", dijo Terrero.
Las reservas probadas de gas convencional en el planeta
suman 6.608 billones de pies cúbicos (TCF, por trillion
cubic feet, en nomenclatura inglesa), unos 187 billones
de metros cúbicos, según estadísticas del grupo
británico BP, y los depósitos más grandes están en Rusia
(1.580 TCF), Irán (1.045), Qatar (894), y Arabia Saudita
y Turkmenistán, con 283 TCF cada uno.
Un estudio de la EIA publicado en abril de 2011 encontró
prácticamente el mismo volumen (6.620 TCF o 187,4
billones de metros cúbicos) de shale gas recuperable en
apenas 32 países, y los gigantes son otros: China (1.275
TCF), Estados Unidos (862), Argentina (774), México
(681), Sudáfrica (485) y Australia (396 TCF).
Además, países secularmente dependientes de proveedores
extranjeros contarían con una ingente base de recursos
en relación con su consumo, como Francia y Polonia, que
importan 98 y 64 por ciento, respectivamente, del gas
que consumen, y que tendrían en rocas de esquistos o
lutitas reservas superiores a 180 TCF cada uno.
En América del Sur, el tradicional gigante en
hidrocarburos, Venezuela, tendría en este gas solo 11
TCF, la vigésima parte de sus reservas de gas
convencional, y en cambio Brasil y Chile, que
actualmente importan alrededor de la mitad del gas que
consumen, cuentan con depósitos en lutitas por 226 y 64
TCF, respectivamente.
Paraguay tendría 62 TCF, casi tres veces el gas
convencional de Bolivia, que es el principal exportador
de la subregión, y Uruguay, que importa 100 por ciento
pues carece de hidrocarburos, tiene en reservas de gas
de esquisto de al menos 21 TCF.
Se trata de "la más grande innovación en energía, en lo
que va de siglo, en términos de impacto y escala", según
el analista estadounidense Daniel Yergin, autor del
voluminoso clásico "Historia del Petróleo", al destacar
que ya un tercio de todo el gas que se produce en su
país proviene de yacimientos de lutitas.
La búsqueda de gas no convencional debe ir acompañada de
tecnologías que reduzcan el gasto de recursos –la
explotación de una plataforma con seis pozos puede
consumir 170.000 metros cúbicos de agua– y los efectos
dañinos como influir en movimientos sísmicos, contaminar
aguas subterráneas y superficiales, y afectar el
paisaje.
Terrero recordó, como ejemplo, que la explotación del
crudo extrapesado de la Faja del Orinoco y los
yacimientos bajo el Mar del Norte se consideraban
tecnológicamente inviables hace décadas y hoy día son
áreas en plena producción. Las perforaciones en el
Ártico abundarán a partir de 2012.
Además, los altos precios del petróleo, con crudos de
referencia a más de 100 dólares el barril de 159 litros,
animan a las operadoras a buscar, producir y
comercializar, junto con el shale, el llamado "tight
gas", propio de arenas más finas, y los petróleos
también guardados en esquistos o arenas, conocidos como
"shale oil" y "tight oil".
"Vamos hacia una mayor disponibilidad de combustibles
fósiles. Petróleo, gas y carbón representan 80 por
ciento de la matriz energética global y seguirán
enseñoreados de ella durante décadas", observó a IPS el
catedrático de geopolítica y energía en la Universidad
Central de Venezuela, Kenneth Ramírez.
En 2010, el mundo consumió 12.000 millones de toneladas
de petróleo equivalente, de las que 4.028 millones
fueron petróleo (3.571 en 2000), 3.556 millones de
carbón (2.400), 2.858 millones de gas (2.170), 776
millones de hidroelectricidad (600), 626 millones de
energía nuclear (584) y solo 159 millones de energías
renovables (51 en 2000), según BP.
Para Ramírez, "la presencia abundante y la nueva
distribución de yacimientos de shale gas y otros
hidrocarburos no convencionales afectarán los
pronósticos sobre la relación entre energía y economía,
y tiene efectos geopolíticos importantes".
"Un primer efecto es que los mayores y mejores hallazgos
se producen fuera de la Organización de Países
Exportadores de Petróleo" (OPEP), que así ve disminuir
su influencia sobre el mercado mundial de energía a
largo plazo, según el experto.
En paralelo, destacó Ramírez, Rusia debe emprender una
carrera para afianzarse como gran actor global con base
en sus recursos energéticos; un país como Canadá emerge
como potencia; y Estados Unidos, con abastecimiento
seguro, podrá sentirse menos atado a los vaivenes de
Medio Oriente.
Otro tanto puede decirse de las naciones emergentes del
Sur, como China, India, Sudáfrica y Brasil, que
dispondrían de abundante gas no convencional.
En América Latina, la producción de Bolivia o Trinidad y
Tobago, o los proyectos costa afuera de Venezuela ya no
lucen tan imprescindibles a largo plazo, en tanto México
en su norteño estado de Coahuila y Argentina en la
sureña provincia de Neuquén perforan para sus primeras
producciones de gas y petróleo de esquistos.
La gran limitación del shale gas, pese a las
expectativas de la industria en el desarrollo de
tecnologías menos dañinas para el ambiente, es el
impacto sobre el entorno tanto de su producción como de
su manejo.
Para extraerlo de las lutitas se apela a un método
bautizado "fracking" (fractura hidráulica), con la
inyección de grandes cantidades de agua más arenas y
aditivos químicos. La huella de carbono (la proporción
de dióxido de carbono que libera a la atmósfera) es
mucho mayor que la generada con la producción de gas
convencional.
Como se trata de bombardear capas de la corteza
terrestre con agua y otras sustancias, se incrementa el
riesgo de dañar subsuelo, suelos, napas hídricas
subterráneas y superficiales, el paisaje y las vías de
comunicación si las instalaciones para extraer y
transportar la nueva riqueza presentan defectos o
errores de manejo.
La liberación de más metano influye también sobre el
calentamiento del planeta. Pero, hasta ahora, las
advertencias ambientales no parecen detener la sed
global por recursos energéticos como los que contienen
las diminutas lutitas.
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