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Desde la época del fraude
“patriótico” el clientelismo político se caracteriza por la
subordinación del bien común al interés de un grupo sobre el que
recae circunstancialmente la concentración del poder político.
En esa época “las libretas
votaban solas” y la autoridad no estaba legitimada por la mínima
transparencia y la mayoría de los ciudadanos no tenían ninguna
posibilidad. El grito “¡que viva el doctor!” era generalmente
premiado con algún gesto desde el poder, incluso con autorizaciones
no escritas para ejercer actividades prohibidas pero muy rentables
como el contrabando, el juego clandestino y la trata de blancas.
En nuestros tiempos, nadie obliga
a la ciudadanía a votar, aunque el actual régimen electoral
condiciona sus opciones; en realidad es la propia indiferencia y el
individualismo extremo lo que hace posible que, a la vista de todos,
se produzca la violación de las normas fundamentales, desde la
Constitución Nacional y las Leyes hasta las normas y procedimientos
establecidos para regular el funcionamiento de la sociedad;
desgraciadamente la mayoría de las veces, a manos de quienes tienen
la obligación y han jurado de “cumplir y hacer cumplir” esos
preceptos.
Una buena parte del estallido del
año 2001 y de la crisis en que permanecemos se la debemos a esa
conducta colectiva, amparada en conveniencias momentáneas, donde
todo se consiente y todo se admite. Una falsa tolerancia que tiñó
de desquicio la administración de la cosa pública y nos dejó un
penoso saldo de deudas, empobrecimiento y marginalidad social por
varias generaciones.
En materia de energía este
esquema de prioridades también tuvo sus manifestaciones. Durante
décadas condujo a la implantación del “precio político” y a
la desinversión en infraestructura. Trajo el colapso del Estado a
fines de los ’80 y la privatización de los servicios públicos.
Ahora, desde fines de 2001 el
objetivo político fue evitar al Gobierno la impopularidad de los
ajustes de tarifas; por esta razón, se han mantenido sin renegociar
los contratos por tres años, con la consecuente paralización de las
inversiones necesarias para ampliar los servicios a fin de acompañar
el mayor nivel de actividad económica.
Amén de los juicios
multimillonarios y demandas que se llevan adelante contra el país y
que, de prosperar representarán un sucedáneo renacido de deuda
externa.
En la Argentina no existiría el
“cuello de botella” energético, si el Gobierno hubiera aceptado en
su momento corregir ciertos desfasajes en una cifra que, a los
usuarios, les hubiera representado un impacto muy inferior al
actual.
Las graves contradicciones entre
los ministros de economía y planificación federal puestas de
manifiesto en París, expresan el choque formidable entre el bien
común y el interés del Gobierno.
Para sostener esta posición
populista se ha establecido la estratagema de realizar inversiones
estatales en los servicios públicos y distribuir ese costo entre las
industrias y los comercios. Un criterio llamado a agregar
distorsiones al sistema ya que, si bien evita aumentos directos para
los consumidores residenciales -independientemente de su poder
adquisitivo- terminará por impactar sobre los costos y precios de
bienes y servicios privados, al igual que los aumentos de sueldos
por decreto. Lo que no se paga en las facturas, termina pagándose
con inflación.
Ante la falta de acuerdo con las
empresas, se especula con la alternativa de generalizar este
procedimiento por decreto. Además de ser un “parche” que no resuelve
el problema de fondo, tiene además otra contraindicación: agudiza la
distorsión de precios relativos. Ya hay demasiados valores y
subsidios cruzados para un mismo servicio, después de que el
Gobierno autorizara un sendero creciente para los precios mayoristas
del gas, mientras se dispone a hacer lo propio con la generación de
electricidad.
Paradójicamente, sigue habiendo
resistencia oficial a reconsiderar el componente impositivo de las
tarifas, un ítem que invariablemente se omite en todas las
discusiones y que penaliza enormemente a los niveles más bajos de
ingreso.
Los montos del aporte que podría
invertir el Estado apenas si llegan a la tercera parte de lo
requerido para mantener el sistema operativo. La Argentina continúa
sin acceso al crédito externo; por el momento hay pocas respuestas a
la hora de determinar cómo se financia cualquier proyecto de
inversión en infraestructura a largo plazo, sobre todo una vez que
se normalicen los pagos de la deuda en proceso de reestructuración.
La consecuencia la hemos vivido
en 2004 con una crisis de energía en la que se hizo evidente que
este esquema de prioridades hizo que el país perdiera no sólo su
potencial exportador, sino también su autoabastecimiento. En 2004
importamos a mayor precio que el vigente en nuestro país
electricidad de Brasil, gas de Bolivia y fuel oil de Venezuela. En
2005, repetiremos el procedimiento pero con un 50% de incremento y,
si hay suerte, no habrá cortes.
El recrudecimiento de la ofensiva
mediática del Gobierno contra las distribuidoras de electricidad,
pidiendo la intervención de la Justicia para ejecutar embargos por
viejas multas, debiera acompañarse con una sana corrección de la
conducta clientelista que parece orientar muchas de las decisiones.
Si en lugar de establecer un
sistema de leyes, seguimos por el camino de la excepcionalidad
pronto podrían volver los tiempos de la discrecionalidad en el
manejo del país donde sólo podrían prosperar los que sepan gritar
con fuerza ¡que viva el doctor!
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