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El Primer Ministro británico Tony Blair ha
prometido que la reunión del G-8, presidida por él, que se celebrará
en Gleneagles (Escocia) se centrará en dos de los problemas
mundiales más importantes y antiguos: la pobreza del tercer mundo y
el calentamiento de la atmósfera mundial.
Durante mucho tiempo, pareció imposible compatibilizar la solución
de esos dos problemas. Es comprensible que el mundo desarrollado no
quiera sacrificar su crecimiento por un bien público mundial, sobre
todo cuando los Estados Unidos, el país más rico del mundo, no
parecen dispuestos a sacrificar ni siquiera un poco de su lujoso
estilo de vida.
Un grupo de países en desarrollo, encabezado por Papua Nueva Guinea
y Costa Rica, que constituye una nueva coalición en pro de la
protección de las selvas tropicales, acaba de presentar una
propuesta innovadora, en la que no sólo se compromete a respetar la
limitación de las emisiones de gases que provocan el efecto de
invernadero, sino que, además, muestra cómo se puede hacerlo de un
modo que fomente su desarrollo.
Los países en desarrollo llevan mucho tiempo aportando un bien
público mundial: el mantenimiento de unos activos medioambientales
mundiales. Sus selvas tropicales son un inmenso depósito de
diversidad biológica y los bosques son sumideros de anhídrido
carbónico, que reducen el nivel de CO2 en la atmósfera.
A mediados del decenio de 1990, yo participé en el examen por parte
del Panel Internacional sobre Cambio Climático de las pruebas
científicas relativas a la magnitud de los aumentos de los gases que
provocan el efecto de invernadero y sus consecuencias económicas y
sociales. En aquel momento ya había pruebas abrumadoras de que se
trataba de un problema grave que se debía abordar y los datos
obtenidos desde entonces - relativos, por ejemplo, a la rápida
fusión de la capa de hielo polar- han reforzado poderosamente esa
conclusión. Una cuarta parte, aproximadamente, de las emisiones de
gases que provocan el efecto de invernadero se deben al cambio en
los usos de la tierra, principalmente la deforestación, cantidad
equiparable a las de las emisiones de los Estados Unidos debidas a
la utilización de combustibles fósiles (los Estados Unidos son los
mayores emisores de gases que provocan el efecto de invernadero.)
Manteniendo sus bosques ecuatoriales, los países tropicales prestan
un inestimable servicio mundial, por el que hasta ahora no se los ha
compensado, pero, sobre todo después de la firma del Protocolo de
Kyoto, podemos evaluar al menos una parte de esos servicios
medioambientales: la captura del anhídrido carbónico (es decir, que,
si no mantuvieran sus bosques, el nivel de concentraciones de
anhídrido carbónico en la atmósfera sería muchísimo mayor).
El Protocolo de Kyoto ha creado nuevos mercados para la compraventa
de emisiones de anhídrido carbónico, como, por ejemplo, el Plan
Europeo de Compraventa de Emisiones (PECE). Con los precios
actuales, el valor de la captura del anhídrido carbónico por las
selvas tropicales es equivalente o superior al nivel de ayuda
internacional prestada a los países en desarrollo. En realidad, los
países pobres están ayudando a los ricos.
La diversidad biológica y la estabilidad climática son bienes
públicos mundiales. Los beneficios de la conservación para el mundo
en conjunto exceden con mucho el valor de la explotación para un
país como Papua Nueva Guinea. El gobierno de este país quisiera
actuar de la forma idónea con vistas a mantener su capital natural
para las generaciones futuras, pero sus funcionarios creen que
actualmente no tienen posibilidad de elección.
En Kyoto se cometió (por diversas razones) un enorme error. Si bien
se puede compensar a los países por plantar bosques, no se puede
compensarlos por evitar la deforestación. De modo que países como
Papua Nueva Guinea tendrían una situación económica doblemente
mejor, si talaran sus antiguos árboles productores de madera noble e
hicieran replantaciones, pero eso es un sinsentido económico y
social. Se deberían conceder incentivos a esos países para que
mantuvieran sus bosques. (Como siempre, hay problemas técnicos que
resolver, relativos a la supervisión y la medición, pero con las
tecnologías modernas se puede resolverlos fácilmente.) Como mínimo,
los mercados como el PECE deben conceder valor a las reducciones de
emisiones gracias a las cuales se limite la deforestación.
Sin un programa semejante los países en desarrollo carecen, por
desgracia, de medios e incentivos para apoyar la conservación. En
los más de 60 países que albergan las selvas tropicales del mundo
hay unos 2.700 millones de habitantes. La única forma de salir
adelante económicamente para ellas es la de talar los bosques de
madera noble, pese a que en la actualidad reciben tan sólo el cinco
por ciento del precio final -pongamos por caso- en Nueva York.
Algunos han propuesto que se espere para abordar esa cuestión hasta
2012, cuando debería entrar en vigor en principio un protocolo
revisado, pero, ¿podemos esperar? Al ritmo actual de deforestación,
las contribuciones combinadas de las concentraciones de gases que
provocan el efecto de invernadero del Brasil e Indonesia
exclusivamente contrarrestarían casi el 80 por ciento de las
reducciones de emisiones obtenidas con el Protocolo de Kyoto.
Lo impresionante de la nueva iniciativa en pro de las selvas
tropicales es que procede de los propios países en desarrollo;
representa su creatividad y compromiso social. Por primera vez, unos
países en desarrollo parecen dispuestos a contraer compromisos
semejantes a los que Europa, el Japón y otros países avanzados
(excepto los Estados Unidos) han subscrito para evitar lo que podría
ser un desastre mundial.
Costa Rica, por ejemplo, ya ha demostrado que un sistema de pago por
la prestación de servicios medioambientales (como el mantenimiento
de los bosques naturales) puede funcionar de formas que preserven el
medio ambiente y potencien la economía.
Compensar a los países en desarrollo por la prestación de esos
servicios medioambientales sería una forma de aumentar en gran
medida la ayuda... y al mismo tiempo brindar a esos países los
incentivos idóneos de mercado. Desde un punto de vista mundial, el
mejor uso de esos recursos es el de mantener los bosques, cosa que
es posible incluso con la existencia de talas moderadas.
Se trata de una iniciativa en torno a la cual pueden y deben
agruparse todos los países. En un mundo dividido -entre países ricos
y pobres, entre quienes se centran en la protección medioambiental y
quienes lo hacen en el crecimiento-, esa iniciativa puede unirnos a
todos. Los dirigentes del G-8 deben atender ese llamamiento.
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