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Desde distintos
ámbitos, hace más de 5 años, se viene señalando la falta
de una política energética. Sin embargo, son pocas y
aisladas las propuestas concretas que surgen. Incluso,
algunas presentaciones políticas que se han realizado
recientemente, no logran superar el lugar común de las
generalidades y de apelar a viejas fórmulas del pasado.
Parecen más bien orientadas a capitalizar electoral o
comercialmente el inevitable deterioro, que a solucionar
el grave problema que enfrentamos.
Esta falencia, sin duda no obedece a falta de idoneidad
de los cuadros técnicos –que son muy buenos- sino a que,
si se definieran determinados aspectos quedarían
expuestos los lineamientos estratégicos que se
persiguen, afectando las alianzas económicas y sociales
del poder político. En materia de energía, inclinar la
balanza -en cualquier sentido que se pretenda- determina
inmediatamente apoyos y resistencias, con las que
evidentemente nadie quiere lidiar.
Los propios dirigentes empresarios, hoy ciertamente
atemorizados por el estilo del Gobierno, no atinan a
expresar con claridad sus objetivos corporativos, quizá
a la espera de un “cambio de ambiente” que
reponga la validez de la metodología histórica de hacer
funcionar los negocios en Argentina, y así justificar su
incongruente proceder frente a los accionistas –privados
o públicos- que finalmente son quienes arriesgan el
dinero.
En conjunto, estas indefiniciones, han facilitado cierta
volatilidad decisoria y el despliegue variados
intereses, hasta llegar a una situación en la que, el
factor energético, comienza a verse como una de las
mayores restricciones para el crecimiento futuro del
país.
Según un
informes elaborados por diversos consultores, el nivel
de extracción de crudo sigue cayendo en 2006. La baja
fue de 5% en 2005. Las proyecciones para el año,
estiman que caerá un 4,8% por debajo de 2005, con una
producción cercana a los 36,70 millones de m3. En el
sector aseguran que la producción se orientará a la baja
porque el marco en el que se desarrolla no atrae
inversiones.
Más allá de las
declaraciones oficiales que buscan minimizar la
situación, los datos muestran que el sector eléctrico
está funcionando al límite de su capacidad técnica y sin
reservas de protección que le permitan afrontar cualquier
evento inesperado. La capacidad instalada total del
sistema supera los 22.500 MW, aunque el promedio de la
oferta disponible promedia los 18.000 MW. Tanto los
generadores, como los especialistas eléctricos coinciden
en destacar que entre este mes y agosto habrá que
afrontar un período crítico en materia de
abastecimiento.
Si bien no se
espera llegar a un escenario de apagones generalizados,
se estima que varias regiones (las provincias del NOA,
Formosa, parte de Cuyo, el sur de Córdoba y Santa Fe y
el interior bonaerense) están en situación de padecer
restricciones parciales y un empeoramiento de la calidad
del servicio.
Por su parte, la
generación de electricidad sigue su curva ascendente a
25.377 GWh en los primeros tres meses del año y superó
en 6,1% la marca de 2005 y fue el mayor registro
histórico para el período.
De acuerdo con
datos suministrados por la Fundación para el Desarrollo
Eléctrico (Fundelec) hace pocos días se llegó a un
consumo de potencia de 17.037 megavatios (MW), superando
el récord anterior, que se había registrado el 23 de
mayo último (16.876 MW a las 20.15). También se superó el
mayor registro diario previo, por cuanto se consumieron
326,9 gigavatios hora (GWh) en total durante toda la
jornada.
Además, es
evidente que el gas que tenemos disponible ya no alcanza
para abastecer a las usinas térmicas sobre las que
descansa más del 50% del total generado y, en
consecuencia, se deberá apelar otra vez a la importación
de fuel oil y gasoil por más de $ 2.400 millones.
En contraposición, las exportaciones de energía se
redujeron un 14 por ciento.
Para atender el
aumento de la demanda se necesitan incorporar por año
1.000 MW de generación adicional. Pero pese a los aumentos
que se esperan en el consumo, no se prevé la
incorporación de ninguna usina hasta el año 2008. Las
dos centrales térmicas de 1.600 MW que se financian con
el Foninvemem —el fondo creado con las deudas que el
Estado tiene con los generadores— todavía no fueron
adjudicadas.
A esto se agregan cuestiones
críticas tales como la incertidumbre de precios y
cantidad para la provisión de los 6 millones de metros
cúbicos diarios de gas que necesitan como combustible
para las nuevas usinas. Por otro lado, tanto la
ampliación de Yacyretá, como la terminación de Atucha II,
que se habían anunciado para 2007 y 2008, recién
estarían listas -en caso de que se cumpla el cronograma-
para después del 2010.
La falta de gasoil es una realidad
de muchas provincias. Lo mismo que el abastecimiento de
gas para su uso en automóviles (GNC) y la situación
crítica de las estaciones de servicio.
¿Por cuánto tiempo podemos seguir “apagando incendios”?
¿Será nuestro destino continuar con la improvisación y
las medidas aisladas?. A fin de esclarecer estos
interrogantes, resulta fundamental revisar los tópicos
esenciales constitutivos de una verdadera política
energética.
Ante todo, se debe reflexionar acerca de los objetivos
estratégicos del país y definir el rol que, para
alcanzarlos, deben cumplir los múltiples actores que
componen o participan de esa política energética. El
Estado, las empresas privadas, los usuarios
industriales, los consumidores residenciales, los países
a quienes vendemos y compramos energía, etc.
Este enfoque deberá partir de la situación presente, de
la capacidad y disponibilidad actual de recursos, de la
“matriz” energética que tenemos hoy y de las
posibilidades que ofrecen a futuro los medios
disponibles en nuestro territorio.
Precios, condiciones y costos transparentes de los
productos energéticos también condicionan nuestras
posibilidades de integración con los países vecinos.
Tanto para vender como para comprar. Esto es importante
para adoptar decisiones en materia de grandes
emprendimientos hidroeléctricos como Yacyretá.
No hay que descuidar el análisis del sector energético a
nivel global. Es decir, preguntarse sobre lo que está
aconteciendo en el presente, lo que los demás países
hacen y el escenario que tendremos en el futuro. Un
futuro a 10, 20 y 30 años.
¿Es viable a futuro la actual matriz energética con más
de 80% del consumo basado en petróleo y gas? ¿Cuál es
nuestro nivel de eficiencia en el consumo energético?
Así, por ejemplo, en materia de hidrocarburos todos
sabemos que la declinación actual debe corregirse
mediante nuevos descubrimientos. Éstos dependen de la
exploración, que a su vez se basa en reglas jurídicas
competitivas (Ley de Hidrocarburos) que posibiliten esas
inversiones y por supuesto en la realidad geológica del
país.
Si queremos intentar el descubrimiento los hidrocarburos
que existan en nuestro territorio, una política
energética deberá definir con claridad quién y bajo qué
condiciones explorará y explotará esos recursos. Si lo
harán las empresas privadas, ¿cómo recuperarán las
inversiones? y ¿qué ganarán?. ¿Es viable un sistema
donde los productores argentinos cobrar por el gas solo
20% de lo que el país paga a los bolivianos?. Si por el
contrario, queremos que el desarrollo lo haga el Estado,
la política deberá entonces asignar los recursos
económicos acordes con la actividad de riesgo que
implica.
Algo similar ocurre en otros terrenos que deben formar
parte integral de esta política, como la energía
atómica. Sin programa nuclear de largo plazo (15 o 20
años) prácticamente será muy difícil –por no decir
imposible- concretar la anunciada terminación de Atucha
II. Para construir centrales nucleares, hay que volver a
desarrollar la capacidad humana y tecnológica dilapidada
durante los años de parálisis y abandono del sector,
¿basta con la perspectiva de completar ½ central
nuclear?
Evidentemente no. Si el apoyo a la opción nuclear va en
serio, hace falta cierta perspectiva de continuidad a
mediano y largo plazo. También pensar el alcanzar cierto
protagonismo en grandes proyectos internacionales que
trabajan para definir la próxima generación de usinas,
más económicas y seguras.
Las energías renovables y los biocombustibles son un
caso idéntico. ¿Cómo se desarrollarán, si no existen
verdaderos estímulos para ello? En todos los países en
que ha avanzado la eólica, solar y los biocombustibles
hay múltiples vías fomento que no están siquiera
previstos en Argentina.
Todos los actores que intervienen en este sector, si
realmente desean una política energética estable y
próspera, deberían esforzarse por contribuir a dar
respuesta a estos interrogantes. Por el contrario,
si seguimos aferrados a la “conveniencia” coyuntural,
haciendo la “política del avestruz”, en poco
tiempo deberemos asumir el enorme costo que significa
dejar nuestro porvenir en manos de la fortuna o a merced
de la arbitrariedad de terceros. |