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Los últimos
acontecimientos internacionales, muestran el inicio de
una seria pugna por el control de las empresas
energéticas como un mecanismo de predominio económico
internacional.
Queda claro que,
aunque con distintas características algunos Estados de
Europa han comenzado a percibir la verdadera magnitud
del proceso que se ha iniciado y que -por vía de la
concentración- limitará el número de actores en el
terreno energético a pocas y gigantescas compañías que
gravitarán de manera desiciva en la política y la
economía.
Una gran parte
de la competencia estratégica -que antes se basaba en el
mero poderío militar- ahora ha variado hacia el control
de los recursos que pueden hacer funcionar (o detener)
la marcha de la economía internacional. Buena parte de
la competitividad y la capacidad comercial están
sustentadas por la disponibilidad de energía.
Es cierto que
hay naciones que intentarán resguardar a sus "campeones
nacionales" de la voracidad de estos gigantes. Pero no
es menos cierto que las propias reglas creadas durante
los últimos años, coartan la capacidad de los Gobiernos
para "meter la mano" en el funcionamiento de los
mercados constituidos para estabilizar la economía.
Hasta el
Gobierno de los Estados Unidos ha tenido limitaciones
para frenar una iniativa china sobre una petrolera
estadounidense y fue sólo la mejora de la oferta por
parte de otra empresa norteamericana la que evitó la
desnacionalización. Otra potencia, como lo es Rusia se
va gradualmente obligada a una mayor apertura con las
gigantes para desarrollar sus recursos y mercado
europeo.
En este misma
dirección se encuadran las negociaciones semisecretas de
los cubanos -los últimos comunistas del continente- con
las grandes petroleras.
La reconversión
eléctrica europea ya está en marcha. Pronto seguirá un
proceso similar en el campo petrolero y los choques de
intereses serán inevitables. Veremos muchos Gobiernos
del primer mundo perdiendo la compostura y los modales
"civilizados". Como también será inevitable el
desembarco de este proceso en toda nuestra región con
consecuencias aun desconocidas para nuestra propia
realidad, en la que muchos se sienten "seguros" por la
protección del Estado.
Pero esa
sensación de seguridad puede ser un mero espejismo
si consideramos que no estamos frente a estructuras
estatales sólidas, sino frente a un conjunto de
instituciones débiles, con dificultades para dar
cumplimiento razonable a sus funciones básicas.
Inclusive las instancias supranacionales como el
MERCOSUR -ideadas para una preservación unificada de los
intereses regionales- aparecen debilitadas.
A causa de
cierto grado de "politización", los entes reguladores
han perdido una gran parte de su función, especialmente
aquellas que fortalecían la institucionalidad y las
bases jurídicas del sistema.
Nuestras
empresas, y las empresas extranjeras que operan en
nuestro medio, están debilitadas después del 2001.
Algunas recién van saliendo del default, su valor se ha
reducido enormemente pese al gran activo físico que
detentan. La mayor petrolera no es una excepción ya que
también ha descendido mucho en su valor desde que
anunció una reducción considerable de sus reservas.
Todas son más baratas y accesibles.
Con una
conformación social atomizada, volviendo a cotizar en
los mercados bursátiles, prácticamente todas serían
presa fácil de los gigantes energéticos, que sin
necesidad de controlar todo el paquete podrían sumar
estructuras y mercados con poco esfuerzo.
La pregunta que
surge es ¿cómo nos estamos preparando para el proceso de
transformación que se avecina? ¿Seremos sorprendidos,
una vez más, por el vendaval de la historia?
Ojalá que no!
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