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Desde estas
mismas columnas hemos estado señalando que no se
vislumbra un rumbo claro hacia el que nos dirigimos, no
hemos establecido un proyecto argentino integrador.
Por el
contrario, a medida que transcurre el tiempo, van
surgiendo visiones sesgadas, sectarias y excluyentes de
la realidad que, en lugar de superar las dificultades
que tenemos, desata mayores conflictos y crea nuevos
problemas donde antes no los había.
En vez de
"liberar" y sumar la diversidad de las fuerzas creativas
que componen nuestra sociedad, y así aprovechar sus
capacidades de aportar al bien común, las vamos
amordazando hasta la inmovilidad. Nuestro sistema
político -abroquelado por vicios electorales y
mecanismos cerrados que impiden la renovación de la
dirigencia- es un triste ejemplo de arbitrariedad y
falta participación.
Una
manifestación de esta realidad, es nuestra carencia de
una política energética, que pretende reemplazarse por
un supuesto manejo de coyuntura que, sin duda, puede
postergar ciertos efectos pero que, a la larga, nos
pondrán en una crisis sin precedentes. Hay muchas "idas
y vueltas" y los anuncios se repiten sin grandes
concreciones.
En nuestra
editorial del mes pasado hicimos mención de esta nueva
"fiesta" en la que estamos -otra vez- malgastando
irresponsablemente la capacidad heredada. Y ya sabemos,
porque pasamos por la debacle del 2001, cuánto nos
podría costar este jolgorio.
Es evidente que
un conjunto de medidas parcialmente concretadas, no
constituye una política energética. También es claro que
el Gobierno no está en aptitud de ser el único
protagonista de nuestra sociedad. Así como vamos,
nuestra economía quedará a merced de nuestros
proveedores ya que, cada día que perdemos, se van
convirtiendo en la "muleta" con la que caminamos.
Por ejemplo, la
Ley de Hidrocarburos sigue dormida. Hay provincias que
están llamando a licitaciones para exploración y
explotación de hidrocarburos que encuentran en esta
falencia un condicionante para la estabilidad jurídica
de sus planes.
Los
acontecimientos bolivianos, con la nacionalización
decretada por Evo Morales -cuyos resultados habrá que
verlos en el transcurso del tiempo- ha comenzado a
inspirar las ansias imitativas de muchos funcionarios
afectos a "soluciones mágicas". El diario Página 12,
siempre muy vinculado a la administración patagónica
señaló que "las
encuestas que prepara el Gobierno para difundir en las
próximas horas son elocuentes: 60% de aprobación por la
estatización del agua y niveles de aceptación superiores
a 75% ante la posibilidad de que Kirchner "recupere"
YPF".
Por otra parte existe temor que Repsol-YPF resulte
adquirida por alguna de las gigantes mundiales y que no
se pueda seguir con un sistema de gas barato y nafta
controlada para evitar el malhumor de la sociedad y el
descontento.
La idea sería
compartir la operación junto a capitales privados
amigos, un apoyo de PDVSA, para que junto a ENARSA y
otras provinciales manejen la petrolera.
En diversos
círculos cercanos al Gobierno ya se habla abiertamente
de la "reargentinización" de YPF. Existe una gran
tentación en repetir el proceso del Correo y Aguas
Argentinas, olvidando ex profeso la historia dolorosa
argentina de los '80, de los '90 -como YCF- y los
recientes fracasos de Lafsa y Enarsa que aun continúan
perdiendo cantidades asombrosas de dinero de todos los
argentinos. Para no aburrir a los lectores, evito
mencionar el manejo discrecional de los subsidios para
las varias actividades en las que el Estado se ha
comprometido a participar financiando.
La idea de
suplantar las inversiones privadas con fondos
fiduciarios basados en cargos sobre las tarifas de los
servicios públicos constituye -al margen del rechazo
social evidenciado- a juicio de muchos
constitucionalistas
una
delegación indebida de facultades del Congreso en favor
del Poder Ejecutivo mediante la cual el Poder
Legislativo renuncia a su obligación de control.
Los
problemas que tenemos hoy -y que estamos magnificando
hacia el futuro- no los tenemos por falta de
"herramientas de poder y decisión". De nada nos serviría
reconstruir el aparato empresario del Estado y
concentrar todo el poder de decisión económica, si
lo que falta en realidad son ideas.
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