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Desde hace tiempo, venimos insistiendo desde nuestras
columnas mensuales en la necesidad de contar con una
política energética integral; dentro de ella, un
programa nuclear es una de sus partes constitutivas lo
mismo que la política hidrocarburífera y la estrategia
en materia de energías renovables.
Todo debería formar un conjunto armonioso con una
finalidad estratégica clara, consistente en garantizar
nuestra disponibilidad de recursos energéticos para el
presente, el plazo mediano y el largo plazo. Sin
embargo, en lugar de ponernos a pensar seriamente sobre
lo que es necesario hacer para lograr ese objetivo en
los plazos mencionados, hemos asistido a una
multiplicidad de anuncios energéticos completamente
desarticulados, en los que no se toma en cuenta la
realidad objetiva desde la que se parte y no queda claro
adónde se quiere llegar.
Un
caso típico es la “Reactivación del Plan Nuclear”
anunciada con “bombos y platillos” en la Casa Rosada por
el Presidente y su Ministro de Planificación cuando se
dijo que se invertirían 3.500 millones de dólares en un
plazo de 8 años.
Un
anuncio que no es nuevo, ya que la mayor parte de sus
contenidos ya habían sido incluidos en el plan
energético de hace dos años. Tampoco la proclama es una
originalidad de este Gobierno ya que se trata del
tercer intento para retomar el programa nuclear
en los últimos 23 años.
Sólo que ahora estamos frente a los despojos que han
quedado de lo que fuera una actividad pionera en la
región y un verdadero orgullo nacional.
El
“Plan Nuclear”
El
“Plan Nuclear” que se reactiva y que según el Ministro
de Planificación Arq. Julio De Vido, forma parte de las
"políticas estratégicas abandonadas equivocadamente
en la década del ’90” es un fragmento del programa
nuclear instituido por el Decreto 302/79 del gobierno
militar durante la presidencia del ex general Jorge
Rafael Videla.
Cuando ese Plan se estableció, preexistía una política
nuclear activa y exitosa. Ya habían sido construidas las
centrales de Atucha I (370 MW), que había sido
comisionada por el gobierno del Gral. Juan Carlos
Onganía en 1968, y Embalse (648 MW), en Río Tercero,
encargada por el Gral. Juan Domingo Perón en 1974.
Ya
fabricábamos en forma autónoma nuestro propio
combustible nuclear de uranio natural.
El
éxito venía coronando la estrategia implementada, porque
la participación de la industria nacional crecía con
cada obra. Así, en Atucha I, la industria argentina
participó por 90% de las obras civiles, 50% de los
montajes y apenas 13% de los suministros
electromecánicos, mientras que no hizo ningún aporte a
la ingeniería. En Embalse, estas proporciones se habían
incrementado a 100% de las obras civiles, 65% de los
montajes, 40% de los suministros electromecánicos y 30%
de la ingeniería.
También se habían concretado las primeras exportaciones
de tecnología nuclear, con el suministro del reactor RP
10 para un centro atómico completo a la República del
Perú.
El
Decreto 302/79 mencionado estableció un programa de 4
centrales nucleares de 600 MW de potencia -utilizando
uranio natural como combustible- que deberían entrar en
funcionamiento en los años 1987, 1991, 1995 y 1997. Este
programa estaba acompañado de la construcción de las
facilidades correspondientes al ciclo de combustible y
el agua pasada. Atucha II y la Planta Industrial de Agua
Pesada (PIAP) constituían los primeros pasos de ese
programa de 2400 MW nucleares.
La
idea –hoy definitivamente arruinada por el abandono- era
consolidar el desarrollo de la industria nuclear
argentina y lograr una escala en la producción de
componentes y suministros.
Por eso, en Atucha II el aporte argentino debía ascender
a 100% de las obras civiles, 95% de los montajes, 45% de
los suministros y ¡50% de la ingeniería!
En
ese entonces, la continuidad de un programa de
instalaciones nucleares realista, permitió dar pasos
firmes para “aprender a hacer” asegurando la gestación
de la infraestructura humana necesaria para llevar a
cabo grandes y complejas realizaciones. Así, nuestro
país logró asombrar al mundo, alcanzando hitos
tecnológicos que eran patrimonio exclusivo de unos pocos
países inmersos en la era post-industrial.
Antes de la promulgación del “Plan Nuclear” ya se
decía que nuestro país estaba creando la infraestructura
tecnológica para competir a nivel global en aspectos
críticos de esta tecnología de punta. Nos estábamos
abriendo camino dentro del selecto grupo de naciones
suministradoras de tecnología nuclear.
¡Qué perspectiva fascinante para una nación emergente!
Pero, dada la época y las características del programa
adoptado, los proyectos enfocados a la generación
nucleoeléctrica resultaron parasitados por otros, que
nada tenían que ver con la producción energética ni con
la medicina nuclear. Ya hemos señalado en libro “El
Proyecto Nuclear” editado por nuestra Fundación en
1988, que este programa de centrales nucleares “pasó
a ser una amplia y eficiente cobertura para un sinnúmero
de proyectos sin una imputación definida”.
Así hubo iniciativas para un submarino nuclear, un
famoso “tren bala”, una planta experimental para agua
pesada (PEAP), un “módulo 80” del mismo producto,
laboratorios de reprocesamiento, la planta de
enriquecimiento del uranio, el mal llamado “basurero”
nuclear, el proyecto de reactor de baja potencia Carem y
muchos otros que, con sólo nombrarlos equivaldrían en
volumen a un tomo de la guía telefónica.
Un
porcentaje de estos proyectos se llevó a cabo con
vergonzosas distorsiones, como la Planta Industrial de
Agua Pesada; otro porcentaje quedó en abandono o a mitad
de camino. Inclusive hubo un caso dramático, como el de
la inexplicable PEAP que después de haberse invertido en
ella más de 250 millones de dólares, se hizo el acto de
inauguración y –HORAS DESPUÉS- se decidió su abandono y
desguace posterior.
Aunque las fallas se hayan ocultado tras un manto
tecnocrático, personalmente he considerado a estas
iniciativas como verdaderos desvíos del propósito
original de la CNEA y como el germen de la decadencia
actual de la actividad e industria nuclear argentina y
del vaciamiento casi total de la institución.
Recuerdo haber tenido largas conversaciones sobre este
particular con muchas personalidades del sector –a
quienes estoy inmensamente agradecido- de las que
mencionaré sólo a cuatro, en razón de que ya han
fallecido y por consiguiente ya nadie puede molestarlos
con ningún reclamo. El resto no ha sido menos
importante, pero seguramente sabrán comprender los
motivos de mi omisión de sus nombres en esta cita. Con
el Almirante Carlos Castro Madero y el Dr. Dan Beninson
que pensaban –con amplios matices- que esa
diversificación era útil y que, corrigiendo ciertas
falencias, el Plan Nuclear se concretaría naturalmente;
el Ing. Jorge O. Cosentino, quién casi con un fanatismo
fundamentalista, propugnaba una reestructuración
completa que solía incluir en ese “saneamiento” hasta
los logros más destacados; y finalmente, al Almirante
Oscar A. Quihillalt que conocía hasta los más mínimos
detalles.
¿Cómo preservar estas actividades del riesgo de la
discontinuidad que había asolado tantos otros programas
públicos argentinos? ¿Qué debía hacerse para conservar
el liderazgo alcanzado por nuestro país en el continente
sudamericano? ¿Cuál debía ser el esquema de prioridades
estratégicas a seguir? ¿Cuál podría ser el aporte de la
energía nuclear en el suministro eléctrico argentino?
¿Cómo capitalizar el proceso de transferencia de
tecnología nuclear al resto de la industria argentina?
A
muchos actores del sector –tanto funcionarios como
empresas contratistas- poco importaban estas
consideraciones de racionalidad estratégica, ya que esta
expansión permitió a la CNEA potenciar su presupuesto,
ampliar sus actividades y desencadenar el furor por la
constitución de varias empresas de distinto tipo y con
variados objetivos. Se inscribieron en esa tendencia
ENACE S.A., Nuclear Mendoza SE, CONUAR SA, INVAP SE,
ALTEC SE, FAE SA, CORATEC SE y más adelante ENSI SE.
Para liquidar el potencial atómico argentino algunos de
estos intereses –supuestamente envueltos en la bandera
nacional- incidieron 90% mientras que las consabidas
“presiones externas”, apenas si gravitaron en el 10%
restante o quizá menos aun.
El
“Plan Nuclear” ya estaba “haciendo agua”,
cuando en 1983 se restauró el sistema constitucional. El
Presidente electo Raúl Alfonsín fue recibido –no con un
avance en materia de centrales nucleoeléctricas- sino
con la noticia de que se había concretado con éxito un
programa paralelo, realizado en secreto, para
producir uranio enriquecido en Pilcaniyeu.
En
ese período, se intentó –sin éxito- por primera vez
establecer una Ley Nuclear que permitiera regular las
actividades realizadas por CNEA y sus empresas. No
obstante ese fracaso, en 1987 el Gobierno logró cerrar
el capítulo de la carrera nuclear en el continente al
convenir con Brasil la renuncia voluntaria y conjunta a
la producción de armas nucleares.
Pese a las distorsiones y retrasos, se insistía en
afirmar que el “Plan Nuclear” se seguía
ejecutando, gran parte de las inversiones públicas
continuaban, aunque paradójicamente las obras casi no
registraban avances.
La
contradicción detonó la primera crisis financiera seria
dentro del sector nuclear. Comienza la emigración masiva
del personal calificado y especialmente aquellos con 10
o más años de experiencia nuclear.
Primer “Relanzamiento” del Plan Nuclear
El
Gobierno “alfonsinista” que pasaba por un momento
político excepcional, bajo los efluvios del “tercer
movimiento histórico” y “la coordinadora”, no
quiso profundizar en el problema ni afrontar el esfuerzo
de realizar los cambios estructurales imprescindibles; y
para calmar los ánimos del sector –sometido a disponer
de menos recursos económicos- promulgó el decreto
423/86, ajustando para el período 1986-2000 el “Plan
Nuclear” con la incorporación de 700 MW.
Proponer una IV Central Nuclear, y simultáneamente no
disponer de un esquema adecuado para terminar la
tercera, hizo que el “relanzamiento” quedara sólo
limitado a los papeles de dos propuestas: el TPA 700/300
y el Argos 380; ambos proyectos comparten el olvido
junto a otras grandilocuencias de esa época, como el
traslado de la Capital a Viedma y el mismísimo “tercer
movimiento”.
Segundo relanzamiento: la “Revolución Productiva”
El
segundo supuesto “relanzamiento” del “Plan
Nuclear”, se inició con la promesa de Ménem de crear
3000 nuevos puestos de trabajo en la terminación de las
obras. El anuncio estuvo precedido de una serie de
incidentes que paralizaron la Central Atucha I por un
largo período, sembrando de dudas mayores la continuidad
de las actividades nucleares.
Tal reactivación nunca superó la etapa de los discursos
políticos y la marcha del “Plan Nuclear” se
orientó hacia las mismas y distorsionadas prioridades
que lo hundieron, pero con la adición de un nuevo mal:
la falta de transparencia y la discrecionalidad.
Resultado: ahora se gastaba lo mismo –y aún más-, pero
los avances registrados eran lo más cercano a cero que
se podría imaginar.
La
prestigiosa revista Nucleonics Week (13/2/1992)
refiriéndose a esta extraordinaria curiosidad argentina
señala “No hay prioridad para finalizar la planta.
El dinero del presupuesto asignado para Atucha II se
gasta en algún otro lugar”.
Las autoridades de CNEA anunciaron que Atucha II
llegaría a costar US$ 3.100 millones –logrando el
habitual “milagro argentino” de multiplicar por
dos el presupuesto original-; gracias a esa
administración supimos en esa fecha que, en 13 años,
sólo se había alcanzado a concretar el 72% de la obra.
Dos récords en uno: la construcción más costosa y lenta
de la historia nuclear del mundo. Y todavía faltaba
hacer el 28%!!!
La
ratificación del Tratado de Tlatelolco, la creación de
la agencia conjunta con Brasil y la firma del Tratado de
No Proliferación, significaron la desactivación de
algunas actividades, como la planta de enriquecimiento
del uranio y las exportaciones de tecnología nuclear
sensitiva por parte de INVAP SE a Irán.
En
1994, se paralizan las obras y se rescindieron los
contratos; un acontecimiento que también repercutió
hibernando los desarrollos complementarios, como la
producción de agua pesada, la minería del uranio y los
elementos combustibles. Se originan muchos reclamos y
juicios por parte de los contratistas, que siguen
pendientes como una hipoteca que en el futuro
afrontaremos todos los argentinos y de la que parece
prohibido hablar. La emigración de profesionales para
ese entonces ya era masiva, con rumbo hacia otros
sectores de la actividad energética que habían cobrado
dinamismo –termoeléctrico- y también hacia el exterior.
Se
cierra la empresa ENACE, que tenía el rol de ingeniero y
arquitecto industrial de las centrales nucleares
argentinas.
La
Ley Nuclear aprobada bajo la inspiración de la dupla
Cavallo- Bastos finalmente desmembró la CNEA original,
separó la función regulatoria y las centrales nucleares
en dos estructuras independientes de la CNEA.
Puedo asegurar que los funcionarios a cargo de la
Secretaría de Energía en ese período, sabotearon
abiertamente todas las alternativas que se le
presentaron al Gobierno para preservar la
infraestructura y mantener una opción nuclear a futuro
para el país. Con claro favoritismo hacia ciertos
negocios, este grupo ocupó el espacio político con sus
agentes y aplicó el “retiro voluntario”
indiscriminado para científicos y tecnólogos aunque
luego, fracasó estrepitosamente en su alocado intento de
privatizar las centrales nucleares.
El
paso del tiempo también hizo estragos, ya que la gran
mayoría de los profesionales que fueron los artífices de
las realizaciones anteriores, con los conocimientos
tecnológicos, se ha retirado o fallecido sin que se haya
logrado un recambio generacional.
Todo se realizó con el silencio cómplice –o la
participación interesada- de muchos integrantes del
sector nuclear, involucrados en una “danza de la
fortuna” cuyo premio consistía en integrar la
administración de diversos órganos públicos. Mientras
tanto, los componentes nucleares de la primera central
del Plan Nuclear continuaron acumulándose, envejeciendo
dentro una suerte de “camping nuclear”….hasta la fecha.
El
Precio
Para ese entonces -26 años después de la promulgación
del “Plan Nuclear”- el precio de las desviaciones se
hizo sentir, ya que habíamos gastado una suma
prácticamente equivalente a lo que hubiera costado
instalar las cuatro centrales nucleares, sin haber
logrado finalizar ninguna y habiendo arruinado la mayor
parte de la infraestructura que se había logrado reunir.
Tercer “relanzamiento”
La
nueva versión de la “Reactivación del Plan Nuclear
Argentino” desgraciadamente no supone una nueva
política nuclear superadora sino retomar –a libro
cerrado- aspectos fragmentarios del viejo esquema
instituido por el Dto. 302/79.
Se
estableció que la central nuclear Atucha II se
finalizará en 2010, cuando se cumplan 31 años
desde que se inició la obra. Es decir, en los próximos 4
años se deberá completar algo más del 20% de la planta a
un costo adicional de 600 millones de dólares, sin
contar la dotación del primer núcleo de combustibles y
el agua pesada
Pero, terminar una central nuclear -además prototipo- no
es una cuestión simple de presupuesto, como en una
planta convencional. Hay recursos fundamentales que no
se consiguen por “generación espontánea”.
La
infraestructura humana que formamos para cumplir esta
función entre 1950 y 1994 está diezmada y hoy es
claramente insuficiente para lograr ese objetivo.
Además, existen desinteligencias y conflictos larvados
dentro de las instituciones nucleares sobre el comando
de toda la operación.
De
la industria nuclear que teníamos, sólo quedan unos
pocos sobrevivientes. Atucha II hoy pertenece más a la
arqueología que a la tecnología. Se trata de una usina
pre-Chernobyl, diseñada en la década de los ‘70 y
muchos cambios se han instituido desde entonces en la
industria nuclear, sobre todo en materia de eficiencia,
sistemas de control y seguridad. Es posible que muchos
de los componentes nucleares acumulados en las "carpas" ya no sean
adecuados, gran cantidad carece de garantías y el resto
debería ser revisado a la luz de los avances de los
últimos 25 años.
Hay faltantes de ingeniería; el diseño industrial está
incompleto y se ha establecido que la empresa creadora
de la tecnología de la planta no participará en el
proceso.
Mientras se termina Atucha II, se deberán comenzar los
trabajos imprescindibles para extender la vida útil -por
25 años extra- de la Central Nuclear Embalse a un costo
estimado de
400
millones de dólares. Nada dice este programa de
reactivación sobre Atucha I, que es más antigua y, con
su historial de incidentes, requiere importantes
trabajos de actualización y extensión de la vida útil.
Se establece que –una vez que esté Atucha II funcionando-
se comenzará la construcción de una IV central nuclear
de 1.000 MW que exigiría una inversión de US$ 2.000
millones.
Otros aspectos de esta reactivación incluyen la reanudación
de la producción de uranio enriquecido, de la minería de
uranio y el desarrollo del proyecto de reactor Carem
para, una vez construido el primer prototipo, se lo
pueda ofrecer a Venezuela.
Como se puede apreciar, las características de la este
nuevo anuncio de "Reactivación del Plan Nuclear"
anunciada por el Gobierno encierran riesgos gigantescos que
podrían dificultar aun más su desarrollo.
La finalización de Atucha II, con las enormes dificultades
que tiene para concretarse, es colocada como la “llave”
de un futuro incierto. De ser así, contrariamente a lo
pregonado, en el peor de los escenarios, en un plazo de
4 a 5 años, Argentina podría llegar a tener que
paralizar todas sus centrales nucleares y, como remate,
generar nuevas complicaciones de política exterior por
el tema de Chávez.
Sé
que muchos pueden considerar que, con estas
aseveraciones, he roto mi vínculo histórico con la
comunidad nuclear. Nada más alejado de la verdad, porque
sigo creyendo que, con una política adecuada, la
energía atómica puede desempeñar un rol sobresaliente en
nuestro futuro energético y disparar el desarrollo de
una gran industria tecnológicamente avanzada.
Una política nuclear sólo da resultados en el plazo
mediano y largo. No se resuelve con un pequeño plan de
coyuntura que nada puede aportar. Exige repensar la
estrategia, las prioridades y los instrumentos observado
las tendencias del presente y el escenario energético de
los próximos 15 o 20 años.
Dado su masivo potencial de producción energética y la
no emisión de gases de invernadero bien puede ser el “puente
de plata” entre el momento actual y la masificación
de nuevas energías más limpias y compatibles con el
medioambiente.
La
energía nuclear puede hacer una contribución
extraordinaria en nuestras vinculaciones internacionales
y a nuestro desarrollo hacia fuera.
Imaginemos cómo serían nuestras relaciones con Chile si,
en vez de basarnos en la exportación de gas, nos
hubiéramos fundado en el desarrollo conjunto de usinas
atómicas; o con el Uruguay país con el que estamos
disputando por la instalación de las papeleras. ¿Cuál
sería nuestra posición relativa en nuestro vínculo con
el Brasil si utilizáramos 1000, 2000 o 3000 MW nucleares
para exportar electricidad que alimente esa industria?
¿Sería una empresa petrolera nuestro mayor exportador y
el más grande contribuyente impositivo?
¿Estaríamos prácticamente de rodillas, implorando que
Evo Morales soluciones sus gravísimos problemas?
¿Rezaríamos a San Pedro –como lo hace la actual
administración energética- para que el santo nos brinde
un clima adecuado que evite la falta de gas,
electricidad y combustibles?
En
comparación con los actuales, ¿cómo serían los salarios
de esa industria nuclear altamente tecnificada? ¿Cuántos
empleos genuinos crearíamos?
Pero sí rechazo –y rechazaré siempre- la visión tramposa
y contumaz de quienes aprovechan la oportunidad para
desviar los esfuerzos del país hacia objetivos
sectoriales o personales; así como tratamos de combatir
la idea de los dirigentes pequeños que nos proponen un
modelo de país sólo a su medida.
Y,
como gustaba decir a Albert Eintein: “estúpido es
quien, haciendo siempre lo mismo, pretende un resultado
diferente”. |